Jean Anthelme
Brillat-Savarin, jurista francés y gran promotor del pensamiento crítico y
el tratado de Gastronomía que surgió después de la Revolución Francesa dijo:
“El que recibe a sus amigos y no presta ningún cuidado personal a la comida que
ha sido preparada, no merece tener amigos”.
Sobre esta
frase tan simple recae la magia de la comida oriental, una que destaca por tres
características principales según muchos de sus fanáticos: Es natural, variada
y con sabores exquisitos.
La historia
de un pasado milenario es el detonante de la magia de la comida oriental, de
forma específica la preparada en el Japón. Dicen las leyendas que los antiguos
emperadores encargaban la protección de los secretos en los sabores que se
desprendían por cada platillo que probaban.
Para fortuna
de nosotros, el resto de los habitantes del mundo, estos secretos terminaron
por descubrirse. El cofre se abrió y el mundo conoció términos como
sashimi o el suki-yaki entre muchos más.
Nuestro paladar no volvería a ser el mismo.
La
presentación como pieza fundamental de su estilo nos sacude primero por los
ojos para después pasar al sabor. No hay un restaurante de prestigio que
ofrezca comida japonesa que no fomente el arte visual que también nos enamora
de la comida japonesa.
Así, con ese
equilibrio entre vista y gusto, se crea una catarsis única que sólo logra la
comida japonesa, una magia muy particular que disfruta nuestro estómago.

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